
Esa tarde me miré en el espejo del baño antes de salir, contenta al verme, la vanidad me ataca casi siempre frente al espejo, tomé mi bolso y salí. Quería caminar como siempre, sola por las calles ruidosas de Santiago. Subí por Santa Isabel hasta Vicuña Mackenna, fumando tranquilamente, pero apurando el paso tal cual “santiaguina”. Siempre ha sido igual, esos pasos los he dado tantas veces, sé cuantas veces, pero me da vergüenza confesarlas. Sólo les cuento que caminaba y escuchaba las conversaciones a mi alrededor; sin cuidado, sin importarme realmente si alguien odiaba a su jefe o si nuevamente la mujer de tacones negros, se había reunido con algún compañero de trabajo en un motel de Bellavista.
Yo caminaba, con mi bolso a lado, con esas zapatillas grises incomodas, a eso de las seis de la tarde. No tenía rumbo, pero algo me guiaba, vuelta en Plaza Italia, pasé la entrada del Metro Baquedano y seguí rumbo a Los Leones. Alguien me miraba de reojo y caminaba a mi ritmo. Después de una cuadra se atrevió a retener la mirada, yo también lo miré y le sonreí. Después de que le sonreí, él abruptamente dio vuelta a la izquierda en Salvador, la siguiente cuadra. Me reí. Noté que un perro viejo me venía siguiendo. Esperó conmigo en el semáforo, me vio, mantuvo la mirada y cuando cambió la luz empezó a caminar cercano a mí. Así continuamos por dos cuadras, cada vez que alguien caminaba al lado mío, lo espantaba, le ladraba fuertemente. Los atacados trataban de pegarle, pero él hábilmente se movía sin dejar de ladrarles. Yo sonreía, quería reírme fuerte, pero no lo hacía, buenos modales supongo. Encendí otro cigarrillo más y baje por una calle que no conocía. La calle tenía poca luz y el perro se acercó más a mí. Se adelantaba cuando escuchaba algo y me esperaba antes de continuar. Lo veía con ternura. Sentía como si siempre lo hubiera amado.
Reconocí la siguiente calle y di vuelta a la izquierda. Intenté cruzar la calle sin hacer caso al semáforo, pero volteé hacia atrás, el perro me estaba viendo, así que regresé a la acera. Cuando mi pie tocó la orilla de la acera una motocicleta rasgó, con el viento de su rapidez, mi suéter. Me asusté al principio, pero al ver la cara del perro tranquila, me solté a reír. Seguí caminando rumbo a Santa Isabel. Había caminado en círculos. Mis pasos eran más lentos, como el humo del cigarro que escapaba de mi boca. Entré a la casa y el perro se recostó al lado de la puerta. Ahora, todos los días salimos a recorrer la ciudad juntos. Cuando ve a un hombre a mi lado le ladra, sólo se detiene cuando yo les regresó la mirada, pero nunca se aleja de mi lado y no pienso pedírselo.




