Tuesday, July 7, 2009


Esa tarde me miré en el espejo del baño antes de salir, contenta al verme, la vanidad me ataca casi siempre frente al espejo, tomé mi bolso y salí. Quería caminar como siempre, sola por las calles ruidosas de Santiago. Subí por Santa Isabel hasta Vicuña Mackenna, fumando tranquilamente, pero apurando el paso tal cual “santiaguina”. Siempre ha sido igual, esos pasos los he dado tantas veces, sé cuantas veces, pero me da vergüenza confesarlas. Sólo les cuento que caminaba y escuchaba las conversaciones a mi alrededor; sin cuidado, sin importarme realmente si alguien odiaba a su jefe o si nuevamente la mujer de tacones negros, se había reunido con algún compañero de trabajo en un motel de Bellavista. 

Yo caminaba, con mi bolso a lado, con esas zapatillas grises incomodas, a eso de las seis de la tarde. No tenía rumbo, pero algo me guiaba, vuelta en Plaza Italia, pasé la entrada del Metro Baquedano y seguí rumbo a Los Leones. Alguien me miraba de reojo y caminaba a mi ritmo. Después de una cuadra se atrevió a retener la mirada, yo también lo miré y le sonreí. Después de que le sonreí, él abruptamente dio vuelta a la izquierda en Salvador, la siguiente cuadra. Me reí. Noté que un perro viejo me venía siguiendo. Esperó conmigo en el semáforo, me vio, mantuvo la mirada y cuando cambió la luz empezó a caminar cercano a mí. Así continuamos por dos cuadras, cada vez que alguien caminaba al lado mío, lo espantaba, le ladraba fuertemente. Los atacados trataban de pegarle, pero él hábilmente se movía sin dejar de ladrarles. Yo sonreía, quería reírme fuerte, pero no lo hacía, buenos modales supongo. Encendí otro cigarrillo más y baje por una calle que no conocía. La calle tenía poca luz y el perro se acercó más a mí. Se adelantaba cuando escuchaba algo y me esperaba antes de continuar. Lo veía con ternura. Sentía como si siempre lo hubiera amado. 

Reconocí la siguiente calle y di vuelta a la izquierda. Intenté cruzar la calle sin hacer caso al semáforo, pero volteé hacia atrás, el perro me estaba viendo, así que regresé a la acera. Cuando mi pie tocó la orilla de la acera una motocicleta rasgó, con el viento de su rapidez, mi suéter. Me asusté al principio, pero al ver la cara del perro tranquila, me solté a reír. Seguí caminando rumbo a Santa Isabel. Había caminado en círculos. Mis pasos eran más lentos, como el humo del cigarro que escapaba de mi boca. Entré a la casa y el perro se recostó al lado de la puerta. Ahora, todos los días salimos a recorrer la ciudad juntos. Cuando ve a un hombre a mi lado le ladra, sólo se detiene cuando yo les regresó la mirada, pero nunca se aleja de mi lado y no pienso pedírselo.       

Sunday, July 5, 2009

En estas tardes junto a la ventana, pienso en mi madre. En sus reclamos que luego retracta con abrazos y besos en la frente. Quisiera que estuviera aquí. Quiero sus regaños lentos en la cocina o con una cerveza en la mano en mi habitación, mientras yo le hablo de libros y ella sólo sonríe diciéndome loca. Quiero ser como ella los domingos, maquillada, con tacones y faldas largas. Quiero ser como ella siempre, con sabor a cerveza en la boca, sentada en una habitación decorada con postales, conversando, hablando de todos, reclamándome con sonrisas. Ahora llueve. No sé si ella está pensando en mí, si entre mi hermano, mi hermana y mi padre tiene tiempo para regaños a distancia; espero que sí, espero que me esté criticando con una cerveza en la mano, en algún sofá inundado de zapatos viejos, negros, ya caminados por mí en calles lejanas que a ella le hubiera gustado usar junto a mí, conversando, fumando juntas como siempre.

Friday, July 3, 2009

Vasos tintos

desquebrajados

buscando lugares cóncavos donde verte

encontrarte

algo tuyo

lo que sea

pestaña perdida en la punta de lengua

penetrando

una pastillita

cada mañana me permite

roces, frotes, entre cortados

por los respiros

sin consuelo

frío el marco que nos mira

congelados los brazos que me tocan.

Sin mas, no quiero nada, lo quieres todo

quiero todo, no me das nada

Madrugada empapada de tus toques punzantes

El piso blanco me abraza

Una mañana de invierno

En el sur 

Y tu lejos.   

Thursday, June 25, 2009

Nunca he sido de las que caminan por la calle con el ipod o cualquier otro mp3 player. Antes escuchaba música en el gimnasio, pero descubrí que las conversaciones que la gente tiene ahí son muy interesantes, así que llevaba mi ipod, pero nunca la prendía, digo, hay que disimular un poco, para no parecer chismosa. No es que no me guste escuchar música, todo lo contrario, me encanta, pero prefiero hacerlo cuando estoy estudiando, arreglándome para salir, en el auto, limpiando la casa o en mi cama, justo antes de dormir, me relajo con un par de canciones.

Así he recorrido estos últimos días Santiago, sin mi ipod, sin escuchar a The kills o Los Tres, sólo escuchando a los Santiaguinos conversando. Me deleitó con su modismos, que hace años me costaba entender, pero que ahora los digiero como miel en mi garganta. Me encanta caminar por las calles, escuchar una majadería o un piropo, “¿a dónde vai, mina rica?”. Me estremezco cuando escucho los frotes de los pantalones al caminar, los tacones rasgando las aceras y las conversaciones de enamorados en las paradas de autobús. Así es como recordaba a Santiago, ruidoso. Sé que varias ciudades son así, pero no sé, en mis recuerdos de Chile, siempre está viva una calle, ruidosa, ya sea un tarde de viernes o de domingo de feria.  

Estos días en Santiago han sido dolorosos. Los recuerdos a veces son como agujas en los parpados. Durante años, he, como muchos, mitificado a las personas o lugares donde compartí un vino, en la madrugada, cuando todos se habían ido; calles o bares donde la pasé tan bien, que de vez en cuando y en los momentos menos esperados, sonrío al recordarlos; cuando aprendí que caminar en soledad será siempre parte de mi vida.

Han sido dolorosos, porque me podría quedar aquí, repetir esto hasta la eternidad y viviría sonriendo. Sin embargo, me falta alguien, él que haría todo perfecto, pero como siempre, como nada es como “debe” ser, me la voy a pasar deseando. 
Me va costar dejar esta ciudad de nuevo. Quisiera que como último deseo, las calles ruidosas de Santiago de Chile me rasgarán toda, que me arañarán, para llevarme su recuerdo, doloroso, sangrante; sanar en unos meses y que sólo me queden las cicatrices visibles, pero ya no dolorosas. 

Tuesday, June 16, 2009



He estado muy enferma. No sé si son los nervios o el clima raro.
Me siento un poco mejor, pero espero que el largo viaje no sea contraproducente.

Les escribo desde Santiago de Chile, con una copa de vino en la mano y los Andes a mis espaldas; una postal muy turística, aunque tal vez, no tanto.

David, I miss you!


Antonio, perdón por la ausencia. Te he estado leyendo.


Yareli, ¡POESIA, POESIA!


Maru, I love ya sexy blogeerr!!!

Friday, June 5, 2009

A veces tengo miedo de todo. Tengo miedo de salir y que el sol me de en la cara. Me da miedo me verte y que no me regreses la mirada con una sonrisa. Me da miedo hacerte daño con mis palabras o darte una caricia inesperada. A veces le tengo miedo a la violencia. A ver niños gritándoles obscenidades a sus madres. A las mujeres que con su mirada recorren el cuerpo de la mujer de enfrente con envidia, con coraje. A los presidentes que prometen algo nuevo cada año, cada mes, cada semana. A los policías, que en nombre de la justicia, golpean carnes inmaduras y rostros indefensos.










Sé que el miedo nunca va desaparecer. Por eso escribo en esta página. Viajo a ciudades lejanas, sola, sin buscar nada, pero siempre buscando alguien. Buscando una sonrisa, en medio del centro ruidoso de la ciudad, o dentro de un metro, sudoroso, repleto de rostros cansados, donde siempre hay alguien, en una esquina, o en el suelo, dispuesto a mirarte y dártela sin esperar algo a cambio. La violencia siempre esta ahí, acechándote, a punto de devorarte y muchas veces lo hace. ¿y qué?  La he sentido yo, sin superarla, la siento en la punta de la lengua cuando salgo a mi patio y lo veo rodeado de muros; cuando veo los locales, las casas clausuradas, cubiertas con un anuncio que dice “bancarrota”. Me protejo de la violencia con una puerta, con un muro que divide un jardín y ha detenido el recorrido de una raíz sucia.  La sufro en este país que promete mucho, que te da una violencia depurada, que recorre nuestras venas, que nos clava la mirada con alfileres, hasta que algún día, finalmente, te pega en la cara y te grita, “aquí no perteneces”. Una violencia que cruza fronteras, que se esconde a través de una sonrisa blanca, comercial y simpática.  

Sunday, May 31, 2009

En el sur

Me voy a Santiago. Sí, a Santiago de Chile. Mi amigo me dijo una noche, que fuera a Chile después de Argentina, “Si vas primero a Santiago, no te vas a querer ir de ahí y acuérdate que la beca es para Argentina”. Me reí, porque no me cuesta creerlo. Santiago es la ciudad de mis mejores fiestas, pérdidas, desveladas en algún parque, borracheras en casas de amigos, oliendo a pisco (aguardiente) y cerveza. Aunque sólo voy a pasar doce días ahí, tengo muchos planes y estoy contenta.

Recuerdo mi viaje al sur de Chile, cuando recorrí los pequeños pueblos cercanos a las montañas y conocí a un muchacho en un hostal. Yo comía cereal y tomaba café instantáneo. Él pasó y amablemente me saludó. El siguiente día me lo encontré en un “cíber café” donde yo subía algunas fotos y él conversaba en el msn. Nos reconocimos y salimos juntos de ahí. Los dos nos íbamos de Villarrica al siguiente día, no teníamos planes concretos de viaje, así que decidimos viajar juntos. Viajé con él hasta Puerto Montt, una ciudad en la punta sur de chile. La travesía no careció de peleas, enojos y mala onda de mi parte (ya que suelo desesperarme y me gusta estar sola). Es difícil viajar con desconocidos, pero Carlos tenía/tiene una paciencia increíble, aguantó mis caras largas, chuecas, enojonas, siempre con una sonrisa. Durante el día conversábamos de viejos amores, traumas, depresiones, países, viajes, el futuro, o sea de lo típico, y en la noche conversábamos de lo mismo, pero borrachos. Después de varios años y a pesar de la distancia seguimos siendo amigos. Veremos que pasa cuando regrese a Chile, pero de algo estoy segura: tendremos una “piscola” en la mano y brindaremos por ese viaje de antaño.

 

Debería alargar mi estadía en Chile a un mes. J